La Verraquina

SENDA LITERARIA -> Cerralbo - Cesar Martín Ortíz

CERRALBO

Yo quisiera escribir hoy una semblanza un poco azoriniana de mi amigo Cerralbo. Yo no sé por qué Cerralbo me recuerda a esos personajes de Azorín, insuficientes para construir con sus vidas un gran relato novelesco, pero merece­dores de unas páginas o unas observacio­nes que los hagan vivir en la imaginación de quienes no los conocieron nunca. Aquel trasnochador del pueblo, que aco­metió la tarea casi titánica de empapelar el Casino por las noches para sobrellevar su aburrimiento y su insomnio: aquel gran Sarrio, con sus tres bellas hijas, abandonado y casi enloquecido por la muerte de la menor, la más rubia y bella, en su caserón solitario,,. Son personajes —o quizá personas; Azorín nunca nos lo dijo— intrascendentes si se quiere, sin pretensiones, vulgares en una palabra, pero que con un gesto de tranquila inde­pendencia, de sosegada e inofensiva ex­travagancia, nos señalan el camino de la soberanía humana, y de este modo se al­zan por encima de la vulgaridad a su ma­nera delicada y poco aparatosa, pero aceradamente firme.

Cerralbo vive en una calle estrecha. oscura y tortuosa, cerca de la Plaza Ma­yor de Jaraíz de la Vera. La casa de Ce­rralbo. la casa de sus padres y abuelos, es ancha, vieja, indescifrable. Se accede a ella por dos peldaños de piedra, pelda­ños que tendrán su importancia en estas notas sin pretensiones literarias ni. Dios nos libre, biográficas. Un zaguán destar­talado —Cerralbo lo llama palio— se abre a corredores, salas y gabinetes don­de yo, que soy su amigo, nunca he entra­do; donde el propio Cerralbo no pone el pie desde hace años. Las altas escaleras «le piedra nos llevan al salón del piso principal. Hemos dejado atrás unas hor­nacinas vacías, encastradas en el muro, y nos hemos preguntado, con inevitable melancolía, dónde estarán las jarras de Tala vera y Alba de Tormes. o las imáge­nes devotas, quizás de mérito y de pre­cio, que una vez contuvieron. En las pa­redes hay alcayatas solitarias y también hemos de preguntarnos qué se habrá he­cho de los espejos y cornucopias, de las labores de bastidor primorosamente enmarcadas, de los retratos de las niñas muertas de curas manos salieron.

Desde las ventanas de la casa de Cerralbo se atalaya un mar de tejados ro­jizos. verdosos, cárdenos. Cerralbo vive. claro está, solo. Cerralbo. esto es impor­tante, se acerca a los cincuenta años; a mí me gustaría escribir eso de que su edad frisa en los cincuenta, pero un temor reverencial me prohíbe ese verbo ilustre tantas veces deshonrado por ignaros y plumíferos. Yo no sé si. las tardes de vera­no, Cerralbo acostumbra salir a su bal­cón y. la mano en la mejilla, medita sobre las cosas que fueron y las que son. Sobre el tiempo mágico que todo lo muda y todo lo repite. Cerralbo gasta soberbia melena gris, y bigote y perilla del mismo tono, pero si pensamos que no usa cuello a la valona ni levitón romántico, sino una cazadora de cuero provista de múltiples cremalleras—chupilla, la llama él—, no nos costará gran trabajo verlo como el úl­timo relevo de una sucesión de hidalgos melancólicos que ocuparon su puesto antes que él y que, desde esa misma casa y ese mismo balcón, vieron cómo se mar­chaban y después retornaban todas las cosas.

Porque Cerralbo será el último de la estirpe azoriniana de los hidalgos pensa­tivos de pueblo, al menos en esta villa de Jaraíz. Sobre esto no cabe duda alguna. A mí no me queda otro remedio que des­ilusionar a esas lectoras sentimentales. apasionadas del romance, para quienes el amor se ha convertido en una cosa tan sutil, tan irreal, que casi les da miedo y prefieren vivirlo en los libros, nunca se ha casado, esa es la paladina realidad. Se dice que tuvo unos amores, allá en su mocedad de estudiante pobre, en una Salamanca que antes era lejana y ahora, a fuerza de añoranza, se ha vuelto tan irreal y tan sutil como los amores de los libros. Y también se dice que cierta muchacha extranjera, que llegó al pue­blo en bicicleta y plantó su carpa liviana, rosada, semiesférica, en la garganta de Pedro Chale, estuvo a punto de hacer tambalear su corazón, ya embarnizado por la soledad...

Pero no vamos a entrar en habladu­rías. ;Cómo habría Cerralbo de casarse si no tiene huerta ni palomar, rocino ni le­brel, ama ni sobrina? ;S¡ su menaje está apenas algo  más surtido que el del escu­dero toledano, y su hacienda no llega ni a mediana? Por no tener, no tiene ni co­che, y esta carencia de algo tan indispen­sable le cierra el corazón de las mucha­chas casaderas que ya no leen libros de amor. No obstante, v esto es lo más formidable, lo más estupendo de todo. Cerral­bo tiene una moto. La moto de Cerralbo —motillo, la llama él— es modesta, plásti­ca, roja, francesa. Es tan pequeña que a su lado mi Vespa parece una cosa impor­tante y destacada. La moto de Cerralbo no suscita miradas de envidia ni levanta aromas de leyenda, pero tiene un animo­so, pequeño motor que nos ha permitido emprender excursiones y giras campes­tres legendarias por la Vera e incluso fue­ra de sus límites.

Recorrer la Vera en una moto peque­ña y discreta, que no corra mucho, es una gran cosa, una de las grandes cosas de la vida y. sobre todo, es algo que min­ease le ocurrió a Azorín. Azorín era hom­bre de tren y de largas caminatas a pie. y quizá allá en su Monóvar natal y en cual­quier pueblo perdido de la Mancha se atreviese con alguna acémila o palafrén. tras las huellas de Cervantes, pero no con una moto, y no que en su día no las hubiese, que sí las había: recordemos que el famoso Lawrence de Arabia, des­pués de citarse lamas veces con la muer­te, terminó encontrándola a lomos de su Brough 100 Superior, una de las siete idénticas que poseía y que entonces eran las mejores del mundo. El maestro A40-rín, por motivos que nunca explicó, des­deñaba o desconocía la moto, y así nos hemos quedado sin leer las páginas ad­mirables que sin duda le hubiese dedi­cado y, lo que es peor, nos hemos queda­do sin su tutela a la hora de redactar es­tas notas de incierta resolución, porque «cómo escribir una pausada semblanza azoriniana en un artefacto brioso, Incan­sable, fidelísimo, que nos traslada sin es­fuerzo y nos permite husmear en el aire la futura primavera, presentir el latido. aún lejano, del estío, escalofriarnos con la última punzada que baja de las nie­ves...? Cerralbo va delante: él es el conoce­dor del terreno, él es el cicerone, nues­tro Virgilio de la moto, y yo no soy más que un hombre de edad ya casi madura que ha descubierto muy tarde ciertas co­sas que no le hubieran venido mal hace veinte años. Cerralbo, expertísimo en su pequeño scooter trances, enlaza cuna tras curva a una velocidad constante y sin tocar el freno, y así nos ponemos en Tejeda de Tiétar. a medio camino de Plasencia, en un holgado cuarto de hora. Pero no queremos llegar a Plasencia: ni a Cerral­bo ni a mí nos apetece contender con la soberbia arrogancia de los conductores de automóviles ni con el frío despotismo de los semáforos de la ciudad. Paramos en Tejeda y nos tomamos unas tapas de cochinillo en Los Rosales, tristemente regadas con sendas Coca-Colas y no con un buen vino del Guadiana, porque lamoto también tiene sus exigencias y sa­crificios. Nos reunimos de nuevo con nuestras cabalgaduras con un hambre de carretera y kilometraje que nunca podrá comprender el grisáceo y cotidiano automovilista, metido en su cómodo ascensor o retrete que le lleva de acá para allá como una mercancía. Cerralbo tiene arranque eléctrico: un prodigioso botón hace ronronear, presintiendo la aventu­ra, al diminuto y vigoroso motorcillo. Mi Vespa. sin embargo, ha de ser despabila­da de su breve descanso a golpe de pe­dal. Yo no querría tener arranque eléctri­co por nada del mundo. La patada al pe­dal de arranque de la Vespa, ese gesto varonil, de elegante intrepidez, con que la pongo en marcha, es el primer placer que la moto me proporciona, y además me informa sobre su humor, sobre sus ganas de correr o su pereza. A veces no arranca hasta la tercera patada, e incluso me obliga a accionar el grifo de la gasoli­na porque su capricho del momento es apetecerla pura y sin mezcla de aire; pero no es éste el caso: la Vespa respon­de a la primera con su mítica probidad. Yo la miro con orgullo antes de subirme a ella mientras el motor se calienta v me calzo los guantes y el yelmo; tiene una línea sencilla e inmortal, una gentileza muy italiana, unas caderas anchas, y hace un poi-pui-porol primitivo y simpático. Aprieto el embrague, meto la primera velocidad y estamos en ruta.

De Tejeda queremos ir a Pasaron, pe­ro damos un rodeo por Arroyomolinos de la Vera, un rodeo que a cualquier práctico automovilista se le antojaría una pérdida de tiempo y dinero; pero es que no queremos llegar a ningún sitio ni nos apremia ningún compromiso: el placer de la moto es el placer de gastar el tiem­po. A veces, por esas carreteras, a Cerral­bo y a mí nos han adelantado grandes y costosas motos americanas, alemanas, ja­ponesas, que se desplazan a velocidades espeluznantes. Nosotros, en el bar, ante el café caliente y con el cigarrillo en la mano, compadecemos a sus ajetreados dueños porque, míseros de sí, necesitan tener millones para disimular el hecho de que no tienen tiempo, y son las mu­chas leguas que recorren en un santiamén las que les dan la ilusión de ese tiempo que les falta, como si el oro del tiempo se dejara canjear por la calderilla vil del espacio. Nosotros, por nuestra parte, pasamos junto a los canchos de Arroyomolinos a la poca velocidad que el camino nos permite. Por aquí no se adentra ninguno de esos aguerridos motoristas que se van a Gijón a desayunar y están de vuelta antes de la hora de co­mer; sólo algún tractorcillo solitario al que a veces es imposible adelantar por la estrechez de la ruta. Los canchos de Arroyomolinos brotan de la tierra blanda como si otro planeta interior, más duro. más bravo y trágico, estuviese haciendo esfuerzos por aflorar y hubiese elegido para sus primeras tentativas este desco­nocido rincón de la Vera.

En Pasaron, pulcro, recogido, fami­liar, como un pueblo en perpetuas Navi­dades, visitamos a nuestro amigo el hu­manista en su alta casa de piedra y hie­dra. Nuestro amigo el humanista llevó vara de corregidor de esta villa por luen­gos años, y desde sus altas terrazas otea lo que en gran parte es su obra, porque el pueblo, tal como hoy lo vemos, tiene una deuda con él. Y su actual belleza es el re­flejo de una idea hermosa, una idea que aprendió ante todos los monumentos de Italia. Comemos los tres en un pequeño hotel que aún conserva las salas hondas, las bóvedas milagrosamente equilibradas y las cocinas dilatadas y tenebrosas de cuando aún era casa solariega. Comemos sopas de tómale, bacalao al ajoarriero y repápalos con leche —sapillos, dice Cerralbo—, y nos atrevemos, porque habrá lar­ga sobremesa, con un breve vaso del vino de la pitarra. Nuestra intención es subir a Piornal, el pueblo más alto de la provincia, y bajar por Garganta la Olla antes de que nos caiga la noche encima y nuestra pobre iluminación —sólo en esto en­vidiamos las motos grandes— nos ponga en trance de riesgo, A Cerralbo y a mí nos gusta comer y visitar a los amigos, y dormir, si es posible en cama blanda, como a cualquier hijo de vecino; pero lo que más nos gusta es rodar sin horario ni destino fijo. Si el mundo fuera justo y cada uno pudiese vivir a su modo y agrado, Cerralbo y yo no nos bajaríamos de la moto  más que para comer, visitar amigos y dormir; si no tuviésemos nuestras cua­tro cosas queridas y nuestros menguados ingresos en Jaraíz de la Vera, correría­mos el ancho mundo sin pretensión de hacerlo, sólo por el placer de seguir ade­lante, siempre adelante, y tal vez al cabo de los años, cerrado el círculo del plane­ta, retornásemos, como retorna el tiem­po, a un Jaraíz que no nos reconocería, y tuviésemos que empezar de nuevo.

Pero ¿dónde hemos de ir con las fal­triqueras vacías y telarañosas, famélicas va por el poco sustento que alcanzamos a dispensarles?. Nuestra vuelta al mundo quedará para mejor ocasión y. de mo­mento, subimos por la empinada carrete­ra de Piornal, Cerralbo a su velocidad pasmosamente constante: yo, pasando todas las curvas en primera e intentando alcanzarle en las rectas.

La carretera de Piornal es algo magni­fico: si nos detenemos antes de llegar al pueblo en una explanada que hace las veces de mirador, podremos ver horizon­tes lejanísimos, verdes, azules, violeta, rosados, y también pueblos, y lagos re­motos que espejean a la luz poniente; podremos abarcar con la mirada el esce­nario de miles de vidas anónimas y, cuan­do nos fijemos en la diminuta casa de piedra que allá lejos, lejísimos, lanza un hilillo de humo por su chimenea, imagi­naremos que, junto al fuego, hay un hombre y una mujer ignorantes de que nuestros ojos, lejos, lejísimos. están mi-raudo su casa de piedra y el humo de su chimenea, quizá con una envidia que no acertamos a confesarnos del todo: la en­vidia del transeúnte, del que no tiene más que su camino, por el hombre insta­lado sólidamente, para siempre, en una casa de piedra y en un amor tan firme como ella.

Pero un hombre que tiene una moto, por pequeña que sea, no puede envidiar a ningún otro hombre. Tomamos un rá­pido café en la plaza de Piornal, donde hay una fantástica fuente de piedra que parece traída desde los jardines del Buen Retiro a este pueblo serrano, y que le da a nuestro café y a nuestra parada unos barruntos nostálgicos del lejano Madrid, donde fuimos felices e infelices en una vida que parece otra y que no es más que nuestra juventud, clausurada paira siem­pre. Y no tenemos tiempo que perder, porque ya la tiniebla se nos echa encima, y nos lanzamos por la carretera de Gar­ganta abajo, entre plantones de árboles jóvenes, miles de árboles protegidos por su estructura de alambre, y cuyas curvas cerradas, inauditas, medrosas, que pare­cen no acabarse nunca y que no dan la más mínima tregua a nuestros nervios alertados. Pasamos por Garganta la Olla como una exhalación, sin detenernos, con la oscuridad pegada a nuestros talo­nes —mejor sería decir guardabarros— como un animal de presa; pero hacién­donos el propósito de volver otro día más despacio a ver el nuevo retablo, a visitar, si es que ya está abierto, el Museo de la Inquisición: tal vez, si tenemos suerte, a escuchar un concierto de órgano al que un sabios francés que pasó por aquí dejó como nuevo, y aún se atrevió a grabar discos con él.

Cerralbo y yo nos despedimos en la travesía de Jaraíz. Mi casa está mucho más ahajo, en el otro extremo de la po­blación, y en ella sólo mi perro me espe­ra; Cerralbo se desvía por callejas empi­nadas hacia la suya, hacia su magra pitan­za y su lecho solitario. No ha sido más que un paseo: otras veces hemos em­prendido excursiones de más fuste. He­mos ido a Hervás por Honduras. El Bar­co de Ávila por Tornavacas y a Monfragüe por La Bazagona. Nuestro siguiente proyecto era llegar hasta Arenas de San Pedro, comer allí y regresar recorriendo toda La Vera, la castellana y la extreme­ña, pero Cerralbo, que no tiene huerta ni palomar, sí que tiene dos peldaños al­tos de piedra en el umbral de su casa que le impiden encerrar la moto por las no­ches, y alguien, algún malnacido, se la ha robado.

Han robado la moto de Cerralbo. Aho­ra mismo, sus entrañas estarán desperdi­gadas por algún inmundo mercado de piezas de repuesto usadas. Él no se enga­ña ni yo lo intento: ése es el destino más común de las motos robadas. Cerralbo finge indiferencia, se atrinchera en el es­toicismo, pero una noche de muchas cer­vezas he vistos sus ojos húmedos, y esto, en un hombre que casi tiene cincuenta años, es muy duro de ver. Cerralbo no tie­ne hacienda bastante para comprarse otra moto, y yo ni siquiera puedo prestarle la mía. porque para conducir mi Vespa se requiere un carnet, y Cerralbo tampoco tiene hacienda bastante para obtener un carnet. ¿Que será ahora de nuestra excur­sión a Arenas de San Pedro? ¿Cómo irá ahora Cerralbo a bañarse en las pilas de Collado o en la garganta de Cuartos o en el lago de Pedro Chate? ¿Cómo podrá sa­ber si a orillas del lago ha surgido de pronto una liviana, rosada, esférica tienda de campaña?

Ahora ando solo. Estuve hace poco en Garganta la Olla riendo el nuevo retablo o visitando el Musco de la Inquisición o escuchando un concierto de órgano ba­rroco. En Garganta la Olla, donde pasó el verano Julio Caro Baroja haciendo di­bujos de casas y balcones, y escuchando aventuras de aparecidos que allí tienen por cosa muy cierta y probada, tomé café en el bar de la plaza y, aunque ha pasado mucho tiempo, yo me acordé de mi no­via garganteña, y de una tormentosa tar­de de verano en que desapareció del pueblo toda forma de electricidad salvo las furiosas descargas de las nubes negras, y también de una Nochevieja lluvio­sa y del bar en el que nos refugiamos ella y yo, y de muchos paseos lentos por la carretera de Yuste. Me acordé de todo aquello como si fuera ayer, como si la moto fuera una máquina de tiempo y no meramente una máquina de espacio y, de vuelta a aquellos años, pudiese aún encontrarme por las calles de Garganta con el joven que fui, como en un cuento de Borges, que leyó a Azorín mucho más de lo que le gustaba reconocer; y ese jo­ven, que era rígidamente ético, maniá­ticamente caballeroso, puritano hasta los huesos, pudiese perdonarme lo que he hecho de él.

Cesar Martín Ortíz

César Martín Ortíz nació en Salamanca en 1958, y murió en Jaraíz de la Vera en 2010, donde vivió y trabajó como profesor de Instituto más de la mitad de su vida.

Acerca de su obra literaria, mejor leer sus palabras.

Me resisto a redactar una nota biobibliográfica. Aparte de lo atroz de la denominación, mi vida no tiene ningún interes para nadie. Algunos conocidos y desconocidos anónimos o ilustres se han interesado por mis publicaciones posteriores a Dedicatotia :narracionrs cortas en su mayor parte. Yo se lo he aagradecido de corazón . El panorama literario actual es tan espeluznante que le quitaría las ganas de publicar al propio Lope de Vega. Cuando impera la chabacanería, se impone el recogimiento y un digno silencio, como diría Juan Ramón Jiménez,quien, de vivir ahora, posiblemente tampoco querría publicar nada.

Por afectos, se ofreció a ser diseñador de nuestra asociación, dibujaba  ,tocaba la guitarra...

Bibliografia de Gésar Martín Ortiz

Libros de poesía:

Dedicatoria o despedida, Diputación Provincial de Soria(Premio Leonor), 1990.

Toques de transito, Caixa galicia, Ferrol(Accesit Premio Esquio),1995.

Libros de relatos:

Un poco de orden, Asociación Cultural “El Brocense”, Cáceres(Premio Ciudad de Coria), 1997.

Nuestro pequeño mundo, Editora regional de Extremadura, Mérida, 2000.

Reformas(Paso de contarlo), Alcancía, Plasencia,2004.

Publicaciones colectivas :

Daniel, en Ficciones. La narrativa corta en Extremadura. Manuel Simón Viola (Ed.). Editora Regional de Extremadura. Mérida,2001.

Cerralbo,, en Relatos al atardecer, Consejeria de obras Públicas y Turismo de la Junta de Extremadura, Mérida,2001.

A la perdida del tiempo buscado, en Gaveta de gavetas, Editora Regional de Extremadura,  Mérida,2006.

Antología de Dedicatoria o despedida, en Premios Leonor de poesía. 25 aniversario. Diputación Provincial de Soria, 2007.

Cerrralbo, en 5 lugares, 5 relatos. Consejería de Cultura y Turismo,Editora regional de Extremadura, Mérida,2009.


DOC

Acta Fundacional en PDF Cerralbo

Cesar Martín Ortíz